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HASTA MARZO 2021

El Museo Nacional de San Carlos (MNSC) abrió sus puertas el 12 de junio de 1968 para mostrar un depurado conjunto de obras que abarcan seis siglos de historia del arte europeo, así como ejemplos del trabajo realizado por artistas vinculados con la Academia de San Carlos. La colección que aquí se alberga se conformó no solo con piezas traídas directamente de Europa por los maestros de la Academia, sino también a través del proceso de desamortización de los bienes eclesiásticos, así como por medio de donaciones y adquisiciones realizadas por el gobierno mexicano durante los siglos XIX y XX. En este sentido, cabe destacar la labor realizada por Alberto J. Pani, funcionario estatal cuyo interés y conocimiento del arte europeo lo llevaron a conformar una sólida colección que entregó como obsequio para los acervos públicos durante las décadas de 1920 y 1930, y que actualmente forma parte de las obras bajo resguardo del MNSC. 


En nuestras diferentes salas es posible encontrar las diversas expresiones del arte occidental que van desde el Gótico hasta principios del siglo XX, con trabajos de los grandes maestros como Pedro Berruguete, Lucas Cranach el Viejo, Germán Gedovius, Pieter de Kempener, Francisco de Zurbarán, Peter Paul Rubens, Joaquín Sorolla, entre otros. En la actualidad, la colección del MNSC está conformada por 2,195 piezas entre pintura, dibujo, grabado y escultura; por lo cual ofreceremos periódicamente diversas relecturas para que el público visitante pueda apreciar la diversidad de autores, escuelas y técnicas aquí representadas. El recorrido que te proponemos es cronológico y toma en consideración estilos y géneros artísticos, con el objetivo de brindar una mirada sucinta, pero lo más completa posible, a la riqueza de uno de los acervos públicos de arte europeo más importantes de América Latina.

Autor no identificado

La Santísima Trinidad con san Andrés y san Babilés, s.f.

Temple y óleo sobre tela

Los últimos siglos de la Edad Media (XIV y XV) vislumbraban una nueva época para la civilización occidental, al tiempo que los pintores de las poderosas ciudades italianas —como Florencia, Mantua o Ferrara— y flamencas —Brujas, Gante, Bruselas— daban expresión a sus visiones de la realidad. Estas dos regiones se consolidaron como los centros culturales y económicos más poderosos de Occidente. Sus cortes principescas y señoriales regían sobre densas redes urbanas, asentamientos de dinámicas e influyentes burguesías enriquecidas con el comercio, la manufactura de textiles y la actividad bancaria, que encauzaban el auge económico de regiones enteras; sobresalían entre estas las ciudades del Mediterráneo —Sevilla, Barcelona, Marsella, Nápoles— y del mar del Norte y el Rin, en el centro de Alemania. Durante más de un siglo estas regiones incentivaron una multitud de artistas: escritores, músicos, pintores y escultores que se encargaban de crear un nuevo y expresivo arte. Este ambiente cortesano y burgués, con su excesivo gusto por el lujo, propició la aparición de numerosos talleres de pintura por toda Europa, mismos que protagonizarán uno de los periodos de mayor esplendor en la historia del arte occidental.

El Museo Nacional de San Carlos cuenta en su acervo con significativas muestras de este arte pictórico de los últimos siglos del gótico. Las piezas exhibidas en esta sala, provenientes en su mayoría de antiguas iglesias medievales, permiten apreciar algunos de los principales temas cultivados por los artistas de fines de la Edad Media y hacer un recorrido desde las ciudades catalanas hasta las flamencas, en las actuales Bélgica y Holanda, para apreciar el arte devocional y litúrgico de la civilización medieval, creado para servir como objeto sagrado. 



Especialmente en la literatura, se proponía ubicar al hombre mismo en el centro del universo, como cocreador junto a Dios, pues se pensaba que era una obra maestra en constante construcción y que el hombre participaba activamente en dicho proceso. El eje de estas novedosas propuestas culturales era el afán por recuperar y revalorar el legado artístico y cultura de la Antigüedad griega y romana. Esto es lo que conocemos como Humanismo. Para dicha corriente, el hombre era la principal referencia a cualquier explicación de la realidad (incluyendo el arte). Al paso de los siglos, esta concepción daría cabida a nociones como el deseo de lograr la felicidad en vida, con independencia de lo que suceda más allá de la muerte.

Al iniciar el siglo XIV, Europa atravesaba por una profunda crisis, delimitada, entre otros factores, por epidemias, hambrunas, guerras y cismas religiosos. En este escenario, los horizontes político, económico, social y cultural experimentaron una dinámica transformación que habría de consolidarse durante los siglos posteriores. Para denominar este periodo los historiadores concibieron el concepto de Renacimiento. Muchas de las nuevas formas del arte y la literatura creadas en medio de estas crisis aparecieron en importantes ciudades italianas, como Florencia, Roma, Ferrara o Padua; estos núcleos contaban con vastos recursos para invertir en las emergentes producciones culturales, pues se habían enriquecido gracias al control de las rutas comerciales del Mediterráneo.

Lucas Cranach, el Viejo

Adán y Eva, 1530

Óleo sobre tela

Rutilio Manetti

Sanson y Dalila, ca. 1620

Óleo sobre tela

El Manierismo es un concepto que define al arte creado en la coyuntura de los siglos XVI y XVII, aproximadamente entre 1530 y 1600. Este arte se creó en el seno de una sociedad que convulsionaba en sus cimientos sociales y culturales. La Reforma protestante, la conquista y colonización de América, las Guerras de religión y la Contrarreforma, crearon un ambiente de desencanto con el mundo y las sensibilidades se volcaron paulatinamente hacia la esperanza de una vida eterna de paz y consuelo, sin que por ello se dejara de insistir en el significado y la importancia de la vida terrenal. 


Al igual que el Renacimiento, el Manierismo se expandió por casi toda Europa occidental, planteando conservar las propuestas plásticas creadas por los artistas renacentistas como Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci o Rafael, es decir, “alla maniera” —de ahí el nombre— pero solucionando los problemas estéticos de diferente forma, sin seguir más los lineamientos “clásicos” de la Antigüedad. Las proporciones de las figuras humanas se alargaron, creando una visión más frágil y sutil de los hombres y las mujeres representados; se prefirieron colores fríos y artificiosos, en lugar de buscar la correspondencia de éstos con la naturaleza; se ponderó el uso de un simbolismo cuyo significado aún no se ha aclarado de manera satisfactoria, y las composiciones terminaron siendo densas y complejas.  Se trata, pues, de un arte sofisticado y culterano. Doménico Theotocopulos “El Greco”, Tiziano Vecellio, Benvenuto Cellini, Jacobo Tintoretto, Jacopo Carrucci da Pontormo, entre otros, están entre los representantes más importantes de este estilo pictórico.


El término Barroco fue acuñado por los historiadores del arte y de la cultura para referirse a la pintura y a la arquitectura del siglo XVII. Con el paso de los años, los estudios y la crítica hicieron extensivo este concepto para hablar de las artes creadas en ese largo periodo de la historia occidental que va desde las postrimerías del siglo XVI hasta las primeras décadas del siglo XVIII; así, se habla de una literatura barroca, de una música barroca y de una estética barroca. Es decir, el Barroco, más que un simple estilo pictórico, fue un complejo sistema cultural que marcó a la civilización occidental, en donde todos los aspectos de la vida, desde la alta política de los príncipes, hasta los gestos cotidianos de los campesinos, pasando por las creaciones plásticas, literarias y musicales, estaban guiados por esta forma de ver el mundo y la existencia de los hombres y mujeres en la historia. En un siglo marcado por las constantes guerras entre las potencias europeas (el XVII) y por las crisis culturales derivadas de la Reforma protestante, el arte Barroco será uno de los primeros discursos estéticos utilizados desde las más altas esferas del poder político y religioso como uno de los medios de difusión de ideología más eficaces en su momento, y en ese sentido el Barroco será el primer arte plenamente moderno. 

Tanto el mundo católico, encabezado por la Iglesia romana y por la Corona española, como el protestante, con sus poderosas ciudades mercantiles y manufactureras y sus burguesías, producirán significativas creaciones barrocas en todos los campos de las artes; pero podemos decir que será la ciudad de Roma, quien impondrá y difundirá el canon estético del arte barroco, principalmente en arquitectura y pintura. 

Cristobal de Villalpando

La Purísima Concepción, ca. 1700

Óleo sobre tela

John Hoppner

Retrato de Elizabeth condesa de Mexborough, s.f.

Óleo sobre tela

A diferencia del Barroco, que penetró profundamente en los ámbitos populares de la civilización Occidental, los estilos artísticos creados en el siglo XVIII, el Rococó y el Neoclásico, fueron propuestas artísticas vinculadas a la Ilustración y, por ende, alejadas de los sectores populares. Para las elites letradas y los intelectuales ilustrados era primordial acabar con las “supersticiones” y creencias de campesinos y demás clases populares. Así, al tiempo que los escritos de Voltaire y Montesquieu pugnaban por acabar con los creencias tradicionales vinculadas al cristianismo y a la cultura popular, los príncipes y reyes de las potencias europeas diseñaban nuevos programas políticos encaminados a gobernar de forma más eficaz y racional a sus diferentes reinos: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, se decía en los salones palaciegos de Versalles y Viena. Estos ilustrados pensaban que el mejor medio para conseguir el progreso y la felicidad eran el avance científico y la confianza plena en las capacidades de la humanidad para transformar al mundo y a la sociedad. 


En este sentido, la pintura de inicios del siglo XVIII, mayormente la vinculada a la corte francesa de Versalles y las cortes imperiales de Viena, representaban las grandes fiestas cortesanas, los paisajes idílicos que forjaron la nueva visión de la naturaleza y del mundo, muchas veces desprendida de los significados mitológicos o alegóricos de los siglos anteriores; las composiciones se hacen más dinámicas y la paleta de colores pareciera explotar fuera del dibujo canónico fijado por los grandes maestros del Renacimiento. Así, el Rococó inundó los salones de la nobleza, las casas de la rica burguesía y las iglesias urbanas, dotando de un renovado horizonte pictórico a la visión ilustrada de la vida. 




A lo largo de la historia de arte, el retrato y el paisaje han sido dos de los géneros pictóricos más importantes, ya que permiten registrar no solo las transformaciones estéticas sino también algunas cuestiones formales y técnicas que fueron consideradas parte fundamental de la educación artística.  La creación de ambos géneros estuvo más vinculada con el consumo privado, lo cual nos da cuenta del gusto imperante en siglos pasados y de la manera en que las familias prominentes adornaban sus casas y espacios. 


En esta sala se reúnen paisajes europeos, específicamente franceses, así como ejemplos de retratos y autorretratos concebidos por algunos de los pintores más sobresalientes de la Academia de San Carlos, con el fin de contraponer la producción artística local con aquella que era considerada como modelo a seguir por las academias y artistas de América Latina. Algunos de los paisajes aquí reunidos son una muestra de los primeros distanciamientos con la educación artística formal que definieron al arte europeo en el último tercio del siglo XIX. El cuestionamiento formulado por el impresionismo en torno la exigencia de reproducir fielmente la realidad se tradujo en un estudio concienzudo de la naturaleza, los cambios de la luz a lo largo del día y su afectación en el color.

Gustave Mascart

Alrededores de París, s.f.

Óleo sobre tela

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